Etiqueta clases sociales

Lo pequeño

Les voy a confesar uno de esos pequeños traumas que me acompañan desde mi preadolescencia. Cuando estaba en 6º de EGB (6º de Primaria para los zetas), la profesora de Lengua Española me escogió —y cojan con pinzas lo de escoger— para salir a recitar un poema que ella misma había escrito. Se llamaba Lo pequeño. No contenta con hacérmelo pasar fatal por plantarme sola en un escenario —yo era, aunque quienes me conocen no lo crean, la niña y adolescente más tímida que nadie pueda imaginar—, al recitado le añadió numerosos aspavientos que me provocaron no desear volver a aquel lugar infernal.

Luego supe que aquella señora malhumorada y humilladora del alumnado, indigna de ejercer la profesión que hoy honra a miles de mujeres y algunos hombres, tenía complejo de bajita, lo cual, sin duda, le hizo volcar su escasa imaginación en uno de esos poemas cuajados de ripios y lugares comunes y proyectar su insatisfacción en la niña que fui. ¿A qué viene todo esto? Al eco de lo que lo pequeño evoca en nuestros cerebros: lo delicado, lo menudo, lo apenas tangible. Lo casi inexistente.

No es lo mismo un pisito de 180 metritos en Chamberí —que han resultado ser dos: un pisito y un atiquito— que un casoplón en Galapagón. La no dueña de los pisitos siempre ha vivido de alquilercito y su novio, según dicen los voceros de la emperatriz de Madriz, posee un Maseratito poco menos que de adornito, que ni pasó la iteuvita. Eso sí, lleno de multitas pendientitas.

Todo es diminuto y exquisito en el entorno de Isabel Díaz Ayuso: comisioncitas, milloncitos, empresas fantasmita, amiguitos hosteleritos que te prestan un apartamentito. Hermanitos que hacen una llamadita y se levantan cientos de miles de euritos. Así, ¿cómo te vas a enfadar? ¡Si es que es todo chiquitito! Que no les arruine a ustedes la fantasía el hecho de que su exnoviecito, el antes peluquerito Jairo Alonso, también saltara al sector sanitario —casualidades, casualidades— para multiplicar su facturación por ciento sesenta y seis. Minucias. ¡Piensen en el casoplón, eso sí que es una vergüenza!

Lo pequeño en nuestras cabezas es un gatito cuqui que nos mira desde cualquier red social, es el bebé que hace una monería a cámara, es el perrete acomplejado del meme. Dan ganas de pasarle la mano por el lomo a todo lo pequeñito, aunque lo pequeño sea dar la orden política de pagar de golpe 400 millones de euros de deuda a la empresa Quirón que, casualmente, qué caprichoso es el azar, es la principal fuente de ingresos de Alberto (¿se imaginan la locura que sería descubrir que el Alberto al que se mencionaba en la trama Koldo fuera este?).

Sigamos recordando lo pequeño. El chicle, por ejemplo, que se meneaba en la boca de Esperanza Aguirre cuando se encaró a trabajadoras del Ramón y Cajal que denunciaban la privatización de la sanidad en Madrid. Un chicle diminuto envuelto por un cuerpo de modales chuscos se convierte en un chicle insultante. Parece que aquello sucedió ayer, ¿verdad? Pues ya han pasado quince años. Y parece que fue ayer porque lo de hoy se parece bastante a entonces, no nos engañemos.

Lo que son las cosas. Junto a Aguirre se paseaba Güemes, sucesor en la consejería de Sanidad de aquel infame Manuel Lamela que le hizo la vida imposible a Luis Montes acusándolo de matar personas en situación de final de vida. Luis Montes, presidente de la asociación Derecho a Morir Dignamente, peleó en los juzgados por las injusticias cometidas contra su persona. Archivaron la querella contra Lamela —en fin—, pero ganó el juicio por injurias contra un tal Miguel Ángel Rodríguez, que lo llamó en repetidas ocasiones «nazi». Lo llamó nazi por ayudar a morir sin sufrimiento a enfermos terminales. Se ve, ahora que tenemos la fotografía completa, que lo compasivo es, por oposición, que mueran entre espasmos, asustados, agarrados a la barra de la cama, solos, sin acceso a asistencia sanitaria.

Si a la mentora de la actual presidenta le salían ranas, a Isabel Díaz Ayuso le salen diminutivos. Es una manera de engañar tan honesta como cualquier otra, si me permiten el oxímoron. Aunque debería tener cuidado con el exceso de pequeñeces: cuando uno tiende muchas trampas, corre el riesgo de que el pie se le enrede entre las cuerdas. Para muestra, la frase —en diminutivo— con la que se despachó en la Asamblea en esta horribilis septimana: «Tengo un pequeño golfito que me viene muy bien».


Eskoldar tomases

¿Me permiten que los invite a un pequeño ejercicio? Túmbense en el sofá, si tienen la oportunidad. Cierren los ojos y viajen a marzo de 2020. Piensen en la impotencia. Piensen en aquel conocido o familiar infectado, aislado, quizá grave; en la persona mayor de su entorno de la que no pudieron despedirse. Recuerden la incertidumbre de aquellos días, el encierro, el pan casero, el papel higiénico. Piensen en el terror.

Ahora, intenten ampliar el foco. Ustedes y yo, ustedes y todos a los que conocen, o casi todos, estábamos bloqueados por el pánico, sin atrevernos a dar un paso, a salir del metro cuadrado en el que vivimos entonces, mientras un grupo de mezquinos vieron en aquel nudo de pavor una oportunidad. Les pido, por favor, que no le pongan apellidos al corrupto. Da igual que fueran Koldos o Tomases, Luceños o Medinas. Da lo mismo. Ellos vieron el terror en sus ojos y en los míos y aun así decidieron lucrarse, meter sus manos en nuestros amedrentados bolsillos y robarnos. Miraron su terror y el mío y lo ignoraron: decidieron que había que llevárselo crudo.

Esas mismas personas que encuentran plausible o razonable incrementar un 150% o un 200% el precio de material sanitario de primerísima necesidad, esas personas que ocultaron millones en paraísos fiscales, se sirvieron de su familia para dar un pelotazo o compraron pisos y los pusieron a nombre de su mujer, esas mismas personas, digo, se echan las manos a la cabeza cuando ven a gente robar en un supermercado aprovechando una algarada. «Qué vergüenza, para cuándo regularán la inmigración, menudos delincuentes», dicen, mientras se mesan los cabellos y las barbas o se ajustan la pajarita antes de salir de fiesta.

Hay una analogía que todos ustedes conocerán: el síndrome de la rana hervida. La rana muere hervida en la cacerola porque le van subiendo poco a poco la temperatura. Si salta al agua hirviendo y se escalda, huye de un salto. Pero a todos nosotros, en cuarenta y tantos años de democracia, nos han cocido a fuego lento en la olla de la corrupción. Gürtel, Gescartera, ERE, Fundescam y un larguísimo etcétera nos han insensibilizado hasta tal punto que solo nos queda aliento para señalar al corruptor del partido al que no votamos. En esto nos han convertido.

Escaldar es sumergir brevemente un alimento en agua hirviendo. Se hace mucho con los tomates, por ejemplo: así se les quita la piel mejor y están listos para hacer salsa o sofrito. A ratos, estos días, pensaba en algo parecido: en eskoldar tomases. Despellejar y triturar. Problema solucionado.

No les voy a pedir mucho más hoy. Que piensen en lo que pensaban en aquel horrible 2020, en aquel marzo y sobre todo abril de 2020, pero también en mayo y en junio, encerrados, asustados, sin un horizonte cierto, sin un futuro, perdiendo sus trabajos o sus clientes, perdiendo capacidad adquisitiva y libertad, sintiendo cómo la depresión los abrazaba lentamente cada noche, al ir a la cama, después, quizá, de haber bebido más alcohol de la cuenta, cuántos hígados destrozados aquel 2020, cuánta salud mental dilapidada. Ustedes y yo, así; ellos, metiéndose cientos de miles de euros salidos de la oportunidad del miedo y a cambio de un esfuerzo nimio. Quizá, levantar el teléfono y llamar a ese conocido que importa juguetes de China.

Pero sobre todo me gustaría recordar (a mí, cada día, cada vez que me tumbo en el sofá y cierro los ojos para pensar) que la corrupción no tiene color político; solo personas o grupos de personas que carecen de empatía, lobitos de Wall Street dispuestos a cualquier cosa con tal de pasearse en deportivo aunque con ello hayan jodido la vida de la gente. Esa gente no tiene un rostro reconocible. Somos para ellos como personajes generados por inteligencia artificial. Podemos tener tres ojos o seis filas de dientes, estar vivos o muertos, ir a la compra o jugarnos la vida sin saberlo por un kilo de harina. Da igual. No ampliarán la imagen para vernos, para conocernos.


Abejas y asajas

Esta semana, los agricultores han salido a la calle. Están hartos, y lo entiendo. Pero ya saben ustedes que no he sido llamada por el camino del fino análisis político, sino más bien de la coña marinera. Y, claro, necesitaba hablar de las abejas adiestradas de Ángel García Blanco, presidente de Asaja Extremadura. Que si a los antidisturbios se les ocurría actuar contra ellos, abrirían las colmenas.

Sirvan las palabras del colmenero mayor para sacar mi rotulador de subrayar fuerte algunas incongruencias. La primera es obvia, y no soy la primera ni la segunda que la destaca: Asaja son las siglas de Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores. El señor García Blanco no es ni joven ni agricultor. Este año sopla sesenta y una velas, y sí, regenta una dehesa y una cooperativa, pero con una licenciatura en Derecho y una graduación en Empresariales por el ICADE me van a permitir que dude de sus doloridos callos.

Se me hace difícil entender cómo alguien que no es agricultor representa desde hace más de 20 años los intereses de los agricultores. Que igual lo hace de lujo y estoy yo aquí hablando de más. Pero me cuesta entenderlo, me cuesta. Es como cuando ciertos personajes que en ocasiones ostentan hasta títulos nobiliarios se meten a diputados y se dan golpes de pecho porque les duelen las gentes (ellos dicen «las gentes», como Julio Iglesias) del campo. Es decir, los tataratataratataranietos (quizá no tenga que irme tan atrás) de los dueños de grandes latifundios, los descendientes del señorito Iván, se suben al atril a gritar que les preocupa el destino de Azarías. Llámenme malpensada: no me lo creo.

Y un poco es lo que me pasa con este juvenil domador de abejas: que no termino de encajarlo en la idea que tengo de un hombre de campo. Eso sí, no paro de imaginarme a los antidisturbios acercándose y a Ángel vestido de apicultor abriendo una colmena y gritando: «Maya, ¡ataca!». Y todo el enjambre dejándose los aguijones en los escudos de los policías, las pobres. Porque ellas otra cosa no, pero tienen muy claro quién es el enemigo.

Por otra parte, ¿por qué iban a actuar los antidisturbios si todo sucede en términos legítimos y cívicos? Y si no es así, si no se comportan con la educación que se les supone, ¿por qué no iban a actuar?

Aquí me surge otra pregunta en las declaraciones de García Blanco. ¿Es que no le parece bien que un policía antidisturbios busque el mantenimiento del orden público? Porque no quisiera pensar que comparte ideario con Lola Guzmán, ex militante de Vox (casualidades) que lidera la plataforma 6F y que coqueteó con el delito de odio días atrás. Me refiero a que espero que el joven agricultor extremeño no tendrá en su cabeza la idea de que no le pueden frenar por ser español, o español de bien, que también estamos los de mal y nosotros sí, nosotros merecemos que nos abran la cabeza con la porra o que nos fusilen.

Conviene, en tiempos convulsos, recordar quién es la abeja reina. No siempre se la reconoce en el enjambre, pero a menudo tiene apellidos que no caben en un DNI y baja al campo con gorrita irlandesa, camisa desabotonada y la manicura recién hecha. Puede incluso que con un casco de moto en la mano. En otras ocasiones se labra una carrera como cantante de canción ligera, y desmigaja un puñado de tierra entre sus dedos, a lo Scarlett O’Hara, y se ufana de su incorrección política. A la abeja reina la han visto mil veces. Quizá la confundieron con una abeja obrera.

Aún recuerdo a una abeja que falseó su contabilidad y mantuvo un holding de 700 empresas en bancarrota, que subsistían gracias a los créditos que les inyectaban los bancos del propio holding. Cuando el Gobierno intervino en aquel caos contable, la abejita en cuestión intentó huir a Londres. No pudo. Pero ideó otras artimañas. Fundó un partido político con el que obtuvo dos escaños en Europa. Uno fue para él, ¿lo dudaban? Le vino de perlas para lograr la inmunidad (no había otro motivo para fundarlo). Su eslogan de campaña fue «España para los españoles, trabajo para todos». Llevaba un casco de obra en la imagen. Sus apellidos, Ruiz-Mateos y Jiménez de Tejada. Estos días se celebran 41 años de aquel otro 23-F: el de la expropiación de Rumasa.

La maldita historia, esa que amenaza con repetirse, se oculta en las esquinas y nos observa. «Necios», masculla entre dientes.


La magdalena

La libertad era esto también: tomar de las arcas públicas cuarenta y seis mil euretes de nada para viajar de Madrid al cielo subidos a un petardo. Qué son, al fin y al cabo, cuarenta y seis mil euros: calderilla. El salario bruto anual de un médico de atención primaria. Que nos sobran aquí, oiga. Médicos, digo. Y euros, qué cojones.

Con todo mi respeto a los valencianos y a sus tradiciones, en torno a una mascletá solo se concentran ruido y humo, dos cosas que al PP le vienen muy bien para que nos despistemos de lo importante. Tiene su gracia que el día en que se juega su solvencia en Galicia esté ese mismo PP celebrando a petardazo limpio que unos meses atrás recuperó Valencia, la Valencia de las mordidas, los bolsos de Loewe, los trajes y los hijodeputatequieroungüevos. Es decir, el futuro esposo de una Borbón celebra, con dinero de todos los madrileños, que —con un extra de ultraderechismo— Rita Barberá vive y la lucha sigue.

Mientras los AVE venían llenos a ver el penúltimo espectáculo de cartón y brilli brilli, las aves del Manzanares han salido pitando. Las gallinas que entran por las que salen. Hasta para esto han estado finos, hay que reconocerlo. Tantos meses talando árboles para pasarse al cemento y al final eligen para llenar de pólvora uno de los pocos espacios en los que hay algo —algo— de fauna y flora.

No parece que le haya supuesto problema alguno al regidor tirar al Manzanares cinco mil y pico euros por minuto, aunque no se le haya visto el hocico por allí. Tiene que ver con personas mayores muertas en residencias, pero no se me asusten: no es que se haya arrepentido de proteger el luctuoso legado de su partenaire de facto en las cosas de la Villa y Corte, no. Es que, por desgracia, han fallecido dos mujeres a causa de un incendio.

Entre los protocolos de la vergüenza, la falta de médicos en atención primaria y urgencias, la comida podrida y la falta de medicalización de las residencias están los mayores en Madrid planteándose el exilio. Ahora mismo, la ciudad se ha convertido en un decorado de El Show de Truman, lleno de escenarios de cartón piedra que tapan toda la miseria moral tras los focos. Casi nadie lo recordará ya salvo sus allegados, pero solo han pasado dieciséis días desde que un hombre falleció de un infarto en un centro de salud sin médico. Como con los siete mil doscientos noventa y un ancianos que se llevó la parca por delante, nunca sabremos si habría salvado la vida con un médico o si se habría muerto igual, que diría Madame la Présidente.

Y, hombre, igual, lo que se dice igual, no murieron, Isabel. No es lo mismo irse entre estertores y punzadas de dolor agudo, agarrado al barrote de tu cama mientras luchas por una bocanada más de oxígeno, que con una bomba de morfina quitándote la mayor parte del dolor. Igual lo de la inquina a la morfina es cosa de Miguel Ángel Rodríguez, que ya hizo gala de su estilo macarrónico y kamikaze dejándose ver por los programas más pestilentes de las cadenas amigas para llamar nazi a Luis Montes, un buen doctor que intentó, al contrario que hoy, que ayer, que siempre con el PP, suavizar el tránsito final a los enfermos terminales. Aquella iniquidad de entonces y la de ahora en la Asamblea son ramas del mismo tronco: el de aniquilar lo público, porque Madrid ya no es más que un cascarón sin alma que solo ofrece espectáculo.

Detrás de las meninas horrorosas tuneadas por artistas de renombre como Pablo Motos o la Guardia Civil, los espectáculos de pirotecnia para celebrar victorias del PP —hago mucho hincapié en la tremenda desfachatez de esto—, de las plazas taladas y cementadas, detrás de cualquiera de los fastos de papier maché que componen la recién creada identidad madrileña, siguen muriendo ancianos, desahuciando a gente de casas que compran los fondos buitre, arrinconando a ciudadanos que llevan años malviviendo fuera de sus casas, bien por obras mal planificadas, bien por haber sido condenados a subsistir sin luz o calefacción.

Pero pasen, pasen. Tenemos mascletás, la mejor agua, los mejores pueblos (aunque estén en Toledo: Toledo es casi Madrid, ¿no?). Tenemos hasta las mejores paellas. Es cuestión de tiempo que todo lo mejor se concentre aquí porque nuestra ciudad, poco a poco, es un Imaginarium para adultos sin demasiado espíritu crítico. Hace pocos días, a cuenta de la mejor mascletá de España, la alcaldesa de Valencia nos llamó catetos a una parte de los madrileños, y teniendo en cuenta que hemos merecido ese apelativo no pocas veces, me jode que nos lo planten justo para defender la mayor catetada de las perpetradas hasta la fecha, y no ha habido pocas. Pero bueno, no deja de ser un acto de partido, y hay que defenderlo con uñas y dientes para obviar esto, que hemos pagado un acto del PP con dinero del erario público.

¿Se puede añorar la antiidentidad? Yo sí. Yo echo de menos aquel Madrid de hace mucho tiempo en el que, al menos donde yo vivía —el Madrid olvidado, el de la clase obrera, el de las colmenas de ladrillo visto—, todos teníamos un poco de extremeños, un poco de manchegos, un poco de cubanos, un poco de guineanos. Pienso en gente con la que jugué en mi barrio. Nadie miró nunca a nadie por encima del hombro y sí, hicimos nuestras vacaciones en un apartamento de Valencia cuando no existía Airbnb, que era la playa más cercana para familias numerosas que recorríamos el trayecto en algún modelo de Seat igual al de tantos millones de obreros, a ochenta por hora, con el famoso atasco a la altura de La Roda, vamos a comprar miguelitos ya que estamos.

Echo de menos aquel Madrid que de verdad no era de ninguna parte porque se componía de todo. Hoy, la derecha política y mediática ha hecho una masa amorfa con ese sustento fundacional. Madrid es una forma de vivir, pero también emula todo lo que traiga turismo. ¿Valencia? Pues Valencia. Nos ha quedado un Madrid fofo, instagrameable y fofo, como un muffin. A un muffin le quitas esas capas de azúcar coloreada incomestible que son las exposiciones menínicas callejeras, los bares canallitas en manos de fondos de inversión con nombres que desprecian a la mujer o los musicales mestizos en una explanada del Ifema y te queda algo parecido a una magdalena.

A mí quítenme el azúcar, las estrellitas de colores y los pegotes de grasa dulce. Yo quiero mi magdalena.


Gloria o victoria

Por cuestiones que no vienen al caso, charlaba yo con una persona cercana estos días atrás de cierto autor que, vendiendo como vende millones de libros, siempre ha sido considerado menor. No es la primera vez que me topo con historias así; los casos en los que calidad y cantidad van a una se pueden contar con los dedos de una mano, puede que con los de las dos. Pero en este mundo tienes que elegir entre gloria o victoria.

Apliquen esto a casi cada parcela de sus vidas. Un trabajo mal remunerado pero precioso, con un buen salario emocional (ja, ja, ja), o currar en un sitio infecto que te llena el bolsillo. Dirigir un blockbuster que te hará famoso y te encasillará o esa rareza indie que te alimenta el alma, pero para la que tendrás que arrimar el bolsillo. Hamburguesa bien rellena de grasas saturadas o tapita de DiverXO. Follar con un señor que ni fu ni fa, pero te entretiene un ratito, o amar platónicamente a quien jamás te verá como tú quisieras. El 4,5 en Matemáticas y el 10 en Filosofía. La victoria o la gloria.

Alguien ganó las elecciones y no es quien gobierna. No sé si se han enterado, cómo se quedan. ¿Esto es gloria o es victoria? No crean que no le he dado vueltas. Podría ser gloria y lo de quien sí gobierna, eso que llaman victoria pírrica. El caso es que en esto de la política todos los finales son abiertos. Las elecciones son a la política lo que Hospital General a la televisión: solo se cierran temporadas, pero nunca hay una última palabra (afortunadamente).

Creo que fue el pasado sábado cuando escuché decir a Juanjo Millás algo que me alineó los chakras de golpe: «El lenguaje político es infantil». Creo que en esto podemos estar todos de acuerdo. No hay un solo político en estos momentos que no envíe mensajes monocordes, repetitivos, vergonzantes. Sí, ese que a usted le gusta tanto, también. Lo que ocurre es que también hay niveles de vergüenza. Yo me sonrojo —mucho— cuando escucho por enésima vez lo de «la clase media y trabajadora de este país», es verdad. Pero cuando oigo «yo no fui presidente porque no quise» necesito meter la cabeza en un agujero del tamaño del que dejó la banca en 2012.

La política son como piezas de Lego hechas de mierda. Vamos haciendo filas y las que quedan debajo se van olvidando porque solo miramos la última, la que acaba de formarse. Hoy todos hablan de amnistía y ya nadie se acuerda de los pactos entre Vox y el PP, esos que, seguramente, le arrancaron de las manos el Gobierno (la victoria) pero le dejaron la gloria de ser el más votado. Lo peor no es ver los argumentos que se arrojan unos a otros como si fueran monos con excrementos en la jaula del zoológico. Lo muchísimo peor es cómo esos argumentos se transmutan según hacia quién se dirijan.

Al parecer, manifestarse contra la amnistía en los términos en que se está haciendo —heridos, detenidos, destrozo de mobiliario urbano— no tiene mayor trascendencia. Mientras la calle no consigue nada tangible, un juez está tomando la delantera en la sombra. García Castellón se descuelga ahora con una acusación de terrorismo a Puigdemont y Rovira porque un hombre con una cardiopatía previa murió de un infarto durante los disturbios de 2017. A la muerte natural de este hombre le suma tremendo arsenal armamentístico que ni la ETA en los años de plomo: piedras. Tirachinas. Botellas. Piedras. Extintores vacíos.

No seré yo quien niegue la capacidad de un extintor vacío de arrearte una buena hostia, pero se me queda bastante lejos de aquellas pistolas de calibre 9 mm parabellum que la gente de mi generación lleva grabadas a fuego en la memoria. Dicho de otra manera: consiento que hubiera violencia, que la hubo —por ambas partes—, pero ¿terrorismo? ¿También la judicatura nos toma por críos?

Justo en aquel 2017 de las algaradas, García Castellón, según recogía eldiario.es, era un juez próximo a su jubilación que recuperó su plaza en la Audiencia Nacional cobrando menos de lo que venía cobrando. En los audios que instruían el caso Lezo y que se pueden leer en ese mismo enlace, Ignacio González y Eduardo Zaplana, dos políticos intachables, lo mencionan en varias ocasiones. Pero es incluso lo de menos: lo de más es que podemos ver hasta qué punto los políticos ponían y quitaban —ponen y quitan— jueces para tener de su lado a los que les favorecían.

El magistrado que hoy intenta llevar al banquillo a los amnistiados sigue, seis años después, sin jubilarse. Instruyó Púnica y Lezo, qué cosas. Su historial es impresionante, no me extraña que los del PP lo añoren. Ahora está dispuesto a hacer pasar por víctima del terrorismo a un cardiópata y rascando de donde sea para que la ley no se cumpla.

No seré yo quien le desee ninguna victoria —ni menos aún, la gloria— a Carles Puigdemont. Lo que sucede es que en el otro lado acusan al presidente electo de romper el principio de los tres poderes mientras se proponen seguir bloqueando el CGPJ. Lo que sucede es que lo expulsan del constitucionalismo mientras gobiernan con un partido que está contra el Estado de las Autonomías. Y sí, lo que sucede al fin es que nadie en este país busca la gloria. De ahí el ruido constante. Porque de la gloria no se vive y de la victoria se vive muy bien.


Putodefender España

No hay un putodefensor de España que no haya terminado sus días plácidamente, octogenario o nonagenario perdido. Francisco Franco, que salió a putodefender España en 1936 y la mantuvo 39 años en formol, lo hizo en la cama de un hospital a los 82. Alfonso Armada, a la sazón muy amigo de Juan Carlos de Borbón, cerró sesión a los 93.


Cosas que no podré hacer

Isabel Coixet dirigió hace 20 años una maravilla de película llamada Mi vida sin mí. Una mujer joven, magníficamente interpretada por Sarah Polley, descubre que va a morir tras un reconocimiento médico, y decide organizar la vida que deja después de que ella no esté; de paso, se permitirá disfrutar de pequeños placeres que ha reprimido, de cosas que no pudo hacer.

Esa mujer se llama Ann. Se hincha a fregar suelos por la noche en una universidad a la que soñaba con ir algún día, está casada con un hombre permanentemente en paro y tiene demasiada descendencia para sus 23 años. La relación con su madre es venenito puro y con su padre ni les cuento, porque lleva mil años en la cárcel. Pero Ann, en ese lapso de tiempo desde que sabe que su miserable vida va a dejar de ser hasta que termine, podrá al fin ser joven. Qué tía, qué suerte. No como Leonor.

Leonor de Borbón no podrá ser joven. Yo tampoco podré; cosas que pasan. También es verdad que a la hija de los reyes y futura queen le ha ocurrido antes que a mí, que me sucedió más o menos a los 40 palos. Estaba la muchacha queriendo, qué sé yo, fumarse un porro, montar un grupo de rock o despelotarse en una playa tropical, descubrir su cuerpo, ser rebelde o saltarse las normas, y va a tener que sacrificarse por los españoles.

No lo digo yo: lo dice el enésimo cortesano que ha salido en los medios a explicar cómo hacer el monarquismo, que no se hace solo, hay que hacerlo. Y no sé ustedes, pero a mí con estos sacrificios de chichinabo me pasa un poco como cuando hice la Primera Comunión: el cura venga a darnos la turra con que Jesucristo se sacrificó por todos nosotros, y yo pensando: «Pero quién te ha pedido na, criatura». Es un poco el meme de My job here is done.

La retahíla de renuncias de Leonor a la que alude el subyugado editorial de El Mundo resulta doblemente simpático (ja, ja: no) si lo aterrizamos, si comparamos su situación con la de los jóvenes que son más iguales que ella ante la ley. En un país que roza el 30% de paro juvenil (llegamos a doblar, en los peores años, este porcentaje), donde estudiar en la universidad pública te sale a razón de mil y pico euros al año solo en matrícula y deja fuera a miles de chicas y chicos, donde se potencia el ocio de alcohol porque es mucho más barato cocerse a cervezas que ir a un concierto, donde un 32% está en situación de pobreza y/o exclusión social y les comen la depresión y la ansiedad, el problema es que una chica de 18 años no podrá fumar porros para ser reina.

Me encantan los monárquicos cuando, para justificar la existencia de un rey —una reina mañana—, les sale un argumento involuntariamente republicano. Señor redactor del editorial de El Mundo: evitémosle todas esas privaciones sometiendo a referéndum si España prefiere reyes o primeros ministros. No hay una manera más sencilla de permitirle a Leonor hacer todas esas cosas que tanto le gustan, según uvedé.

Otro momento inquietante fue cuando el monárquico más monárquico de entre los monárquicos, el diputado Santiago Abascal, que debería mantener una actitud rayana en la sumisión, no vio otro momento mejor que el del juramento de su futura soberana para comentar que Perro Sanxe pisotea la Constitución. No como él y su partido, que al fin y al cabo solo quieren ventilarse el título VIII, capítulo tercero.

Por lo que a mí respecta, cumplí 18 años y jamás quise formar un grupo de rock; la playa más tropical en la que me he despelotado es la de Maro (Málaga) y no fui especialmente rebelde ni me salté las normas, en parte por mi connatural prudencia y en parte porque cagarla en mi primera juventud podía suponer quedarme sin beca —la única manera de estudiar en la universidad que tenía—.

Eso sí, mis padres no me hicieron jurar la Constitución ante millones de personas. Buf, nunca les estaré lo bastante agradecida por ahorrarme tamaño sacrificio.


Cuestión de piel

No esperen de mí un sesudo y finísimo análisis de política internacional. Aunque en teoría reúno los conocimientos necesarios para saber qué pasa en el mundo —siquiera someramente—, lo cierto es que me falta mucho para entenderlo y solo puedo aportar sensaciones. Una sensación se puede resumir con aquella escena de Padre de familia que se ha convertido en un meme: Peter Griffin detiene su coche en un control policial —¿una aduana?— y el agente compara el color de su piel con los tonos que están okay y not okay. No hay más, si eres de piel oscura eres un delincuente o podrías serlo y si eres de piel clara, no; no es una cuestión de hechos, sino de hacer juego con el lado bueno de la pantonera.

En Sudáfrica, por ejemplo, el color de la piel te puede llevar a la cárcel casi 30 años (not okay) o permitirte ser un imbécil integral porque tu padre se hizo millonario comprando una mina de esmeraldas (okay). Si eres subsahariano y la vida te ha asfixiado tanto que has decidido jugártela a bordo de un cayuco, no te preocupes: un señor que ocupa cargo público te acusará en España, sin conocerte, de robar un coche (podrías hacerlo, eres negro) o de traer el tifus (podrías hacerlo, eres negro).

«Control no sé: como no le ponen una marca como a los animales que les ponen una pulserita o algo de eso, no sé hasta qué punto va a haber un control de estas criaturas que van a vagar por ahí dentro de un mes», dice la lumbrera en cuestión. Un negro podría traernos el tifus, pero miles de blancos —latinos para un yanki— nos traen la peste a diario en forma de declaraciones indignas. Madame la Présidente, sin ir más lejos, se ha puesto de uñas con el asunto de trasladar migrantes a otros puntos del país hasta llegar a su cosificación. Ni racista ni antirracista: gente de bien.

Fardos, portadores de enfermedades contagiosas, animales: que no falten los piropos. Vox, que siempre sabe ir un paso más allá de lo que considerábamos el límite de la desvergüenza, se ha descolgado con una propuesta sin complejos: discriminar al inmigrante. Para qué andarnos con rodeos.

En el mundo se libran dos guerras en este momento. Mediáticas, digo: se libran muchas más, pero sus contendientes tienen un color de piel incómodo. Ustedes quizá no se acuerden, pero la ola de empatía con el pueblo ucraniano fue de tal magnitud que algunos hosteleros lüberalles cambiaron de nombre a la ensaladilla rusa por ensaladilla ucraniana, que tiene más huevos. Ja, ja, ja. También recuerdo —ah, qué tiempos— los cromitos con modelazas cañonas que señores con pie y medio en el geriátrico se cruzaban por WhatsApp. Decían que iban a adoptarlas y haciendo, de paso, comparaciones divertidísimas ya no sé si con las feministas españolas o con cualquier colectivo que les sea antipático. Si es que todo es jolgorio en el lado clarito del mundo.

La otra guerra estalló hace nada, y ahí las simpatías han generado menos dudas. En un lado, un pueblo de piel clara, con músculo militar, pastuza gastada en juguetitos estadounidenses de matar y una religión poco sospechosa. En el otro, señores enjutos y oscuros oprimidos desde hace décadas por los primeros y, para colmo, musulmanes en más de un 90%.

No obviaré el elefante en la habitación: un atentado terrorista inició el conflicto. Un atentado terrorista que arrancó miles de vidas inocentes, salvaje y repugnante como todos los atentados terroristas que en la historia han sido. El problema, para mí, es la amalgama en la cabeza de millones de personas de bien entre terroristas y gazatís. Los terroristas son palestinos, pero no funciona a la inversa. Porque a partir de ahí, de esa mezcla, todo vale. ¿O no nos acordamos ya de cuando en ciertos círculos y en ciertas épocas todo vasco era de la ETA?

En el alquitrán intelectual que es la guerra hay que intentar hacer matices, por pocos que puedan hacerse. Estamos hablando de gente que, cuando escribo esto, no tiene luz eléctrica, no tiene agua potable, les llegan suministros con cuentagotas, bebe agua del mar. Estamos hablando de jaulas al aire libre, de gente hacinada. Para ponerlo en cifras (no lo mediré en Santiagos Bernabéus), en la Franja de Gaza viven algo más de dos millones de personas en 355 km2. La población de todo el Estado de Israel es poco más del cuádruple, pero su superficie es sesenta y dos veces mayor.

Sobre Israel, un pueblo que antes de tener un lugar donde asentarse sufrió el mayor de los genocidios conocidos, tengo opiniones encontradas y, como decía al principio, sensaciones. La peor, la más amarga, la que se posa en lo hondo del estómago y a veces roza la náusea, es la de que no hay peor acosador que el que sufrió acoso. Y no, no todos los acosados son acosadores, ni mucho menos, como no todos los palestinos son Hamás ni todos los vascos ETA.

Quizá todo esto da igual. Quizá lo único importante es que ya han tomado partido los grandes dirigentes mundiales. Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania. A António Guterres lo está acorralando el bully supremo por decir obviedades. Palestina lleva décadas solicitando tener rango de Estado mientras es asediada a diario por su acosador. Pero es que no tiene nada que ofrecerle al mundo. No puede comprar armas a Estados Unidos, no puede exportar tecnología de última generación, no hay petróleo que extraer. Y sus habitantes tienen la piel oscura del predelincuente.


No hay marcha en Nueva York

¿A quién no le gusta reescribir su pasado? De esto hablaba el otro día con mi psicóloga. Le explicaba que, cada vez que reviso mi biografía, no me reconozco en muchas de las cosas que hice, y que en cierto modo a veces me siento un fraude. ¿Cómo pude dejar pasar esa oportunidad? ¿Por qué me enamoré de aquel memo? ¿A santo de qué adopté una actitud durante años de la que hoy abjuraría? Entre todas esas cosas de las que reniego hay un arrepentimiento que presumo colectivo, y es Mecano. Todos coreamos alguna vez sus canciones. Hoy es un meme lo de «no hay marcha en Nueva York y los jamones son de York», pero ahí está, para nuestro escarnio, la huella que dejó en toda una generación. ¿Cómo mensajes tan simples llenaron estadios durante años? Un enigma a la altura de cualquier periodista experto en pandemias y ovnis.


El dilema

Adoro Friends. Hoy me ha dado por recordar un capítulo, verán. Resulta que a Monica Geller, que por entonces ya estaba saliendo con Chandler, se le antojan unas botas carísimas. Creo recordar que la economía de la pareja no pasaba por su mejor momento, pero aun así Monica termina comprándoselas porque sí, porque la vida son cuatro días y tres los pasamos sufriendo, amigos. Lo hace bajo la promesa de ponérselas muchísimo, de usarlas a diario. Ya hablaremos en otro momento de lo nocivos que son los tacones de aguja en muchos sentidos y de ese tener que dar explicaciones a tu pareja de en qué gastas tus dineros. Hoy toca poner el foco en otro sitio: en el dilema.